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Cómo crecer en Cristo - Marvin Moore

Cómo crecer en Cristo
La sencillez de la santificación
de Marvin Moore

Hace años, con mi esposa, compramos una casa. El lugar era nuevo para nosotros, sin embargo el inmueble estaba lejos de serlo. Tuve que pintar toda la casa por fuera y arreglar el jardín. La familia que nos precedió lo único que había hecho era cortar el césped. Los arbustos del frente habían crecido desordenadamente, además, por lo visto, el marido, ¡cambiaba el aceite del automóvil y lo arrojaba en el piso, entre la calzada de acceso al garaje y la casa!

En la parte posterior la situación era todavía peor. La familia había hecho un cerco de cedro dentro del cual habían encerrado a dos perros grandes. La jaula estaba llena de cadenas, retazos de alfombras viejas y, por supuesto, había una capa de paja de unos 30 cm revuelta con excrementos. En otro rincón tenían una caja de arena de 40 por 60 cm. Por otro lado, había un montón de astillas de madera para la estufa. No había plantas cerca de la casa para ocultar todo ese desorden.

El interior de la residencia estaba en las mismas condiciones. Tuvimos que pintar todo. Hubo que rehacer la cocina desde el piso. ¡Los dueños, incluso, tuvieron la audacia de llevarse la cocina económica y hasta la última bombilla eléctrica de la casa!

Le resultará extraño que mi esposa y yo hayamos escogido una propiedad que estaba en semejante estado. La respuesta es simple: vimos condiciones en ella. Estructuralmente estaba bien y, además, la conseguimos a buen precio. Sabíamos que después de repararla, costaría mucho más de lo que invertiríamos en ella.

Firmamos los documentos a comienzos de febrero de aquel año. Le dimos un mes al dueño para que hiciera su traslado. La fecha legal de posesión quedó establecida para el 1° de marzo. De vez en cuando, durante el mes de febrero, dimos unas vueltas por los alrededores, e incluso el último o penúltimo día, entramos en la casa cuando nos dimos cuenta de que los moradores se habían ido. Sin embargo, recién el primer día de marzo tomamos posesión y comenzamos la enorme tarea de limpieza y restauración. Hasta que la propiedad no nos perteneció completamente no pudimos mudarnos ni comenzar los trabajos previstos.

La parte pesada de limpieza, restauración y jardinería demoró 6 meses. Después, conseguimos hacer algo más en nuestros momentos libres. La siguiente primavera pinté el exterior y coloqué en la parte de atrás las últimas plantas nuevas que habíamos previsto. Más adelante, reconstruimos la puerta que daba acceso a la parte posterior y le pusimos un alero. Transformamos la caja de arena en una pequeña huerta. Algún día pienso instalar un sistema de irrigación para el prado, y mis sueños a largo plazo, incluyen la construcción de un departamento sobre el garaje y la sala.

Mi esposa y yo ahora sabemos bien lo que ocurre cuando se deja que una casa se deteriore. ¡Toma mucho tiempo arreglarla como uno desea!


Jesús y su acción restauradora en nosotros


La Biblia nos enseña que nuestro cuerpo es el templo de Dios, el hogar donde él mora (véase 1 Corintios 3: 16). Sin embargo, cuando Dios entra en nuestra vida, nos encuentra en peores condiciones que la casa que compramos con mi esposa. Afortunadamente, Dios tiene un plan de restauración que se parece en muchos aspectos al que mi esposa y yo realizamos en nuestra propiedad. Únicamente que su programa restaurador es muchísimo más importante. Con mi señora estamos permanentemente reparando la vivienda que un día será destruida. ¡Jesús está restaurando a su pueblo para que viva por la eternidad!

Lo invito a que se ocupe en leer unas pocas páginas más; en ellas podrá apreciar la extraordinaria obra de restauración que Jesús está realizando, o desea hacer -en usted y en mí- por cuanto de él podemos aprender mucho acerca de cómo es posible crecer. Comencemos primero con los asuntos más importantes.

Jesús nos compró

Usted dirá que pasó un mes desde que mi esposa y yo firmamos los documentos de nuestra nueva casa e hicimos el pago, hasta el momento cuando pudimos trasladarnos y comenzar con los trabajos de restauración. En forma similar, hace 2.000 años Jesús pagó por nosotros un precio en el Calvario, pero recién cuando los términos establecidos en los "documentos" se cumplan, él podrá trasladarse y comenzar su obra de restauración en nuestra vida. Los papeles de Jesús no sólo requieren su firma (con la tinta de su propia sangre) sino también su rúbrica y la mía.

Antes de ser salvos, nuestra casa pertenecía a Satanás. El fue es el "primer dueño", y Jesús no hará su mudanza hasta que el primer propietario haya dejado lo que fue su dominio. La "rúbrica" que cierra el negocio y abre el camino para que él entre, es el buen uso de nuestra capacidad de elección para aceptar a Cristo como nuestro Salvador.

Este punto de nuestro análisis es tan importante que deseo seguir tomando un poco de tiempo antes que veamos cómo Jesús realiza su trabajo de restaurar su vida y la mía.

Recién cuando nos mudamos a la casa, la propiedad llegó a ser totalmente nuestra. Ahora, cada cosa nos pertenece, no solamente la casa, por la cual estuvimos contentos, sino también el abandonado patio del frente, por el cual no estábamos tan felices. También éramos los dueños de la parte de atrás, tan horrible como las paredes interiores y la espantosa cocina. Cuando tomamos posesión del inmueble, la restauración era un asunto que estaba apenas en proyecto. Ahora cada cosa nos pertenece, lo bueno y lo malo.

Esto lo entendimos bien. Lo sabíamos y lo habíamos aceptado desde antes de haber cerrado la operación. A excepción de la cocina económica y las bombillas eléctricas que se llevaron, supimos exactamente lo que estábamos comprando.

En forma similar, cuando Jesús nos compró en el Calvario sabía muy bien que necesitábamos una vasta obra de restauración. Aceptó nuestras imperfecciones mucho antes de pagar un alto precio por nosotros y tomar posesión de nuestras vidas. El no tiene sorpresas cuando primero le damos nuestro corazón y después entra en él. ¡Incluso sabe lo de las bombillas eléctricas y la cocina! Ahora le resta toda la tarea de restauración. Ahora le pertenece todo a Jesús: lo malo y lo bueno.

Cristo pagó el precio por todo esto. En consecuencia le corresponde recibir junto lo bueno y lo malo.

Es absolutamente necesario entender que la salvación comienza en el momento cuando Jesús toma posesión de nuestra vida y no cuando completa en nosotros su acción restauradora. Jesús nos salva con todas nuestras fallas, porque únicamente cuando le pertenecemos en modo total se atribuye el derecho a restaurarnos.

Hay personas que piensan que deben hacer algo para restaurarse a sí mismas, como lo hace el propietario que pinta y repara su casa para presentarla en forma más atractiva a los potenciales compradores. En el área espiritual, esto no se puede hacer. La restauración de nuestro ser únicamente puede ser hecha por Jesús en forma personal, y él sólo podrá comenzar su proyecto después que la nueva casa le pertenezca, y no antes.

Existe un motivo por el cual es tan importante comprender esto. Con frecuencia, cuando las personas aceptan el evangelio, se desalientan al fijarse en los elevados niveles del cristianismo que la Biblia presenta; entonces piensan que sus vidas no encuadran con el ideal propuesto. Dicen: "Pienso que Dios no puede usarme", y por lo tanto, desisten.

Jesús pagó por nosotros un elevado precio, conociendo con anterioridad todo respecto de nuestros malos hábitos y acerca de nuestro estilo pecaminoso de vivir. Sabe todo en cuanto a las pasiones que nos dominan y al temperamento que nos resulta tan difícil de controlar. Justamente estos factores constituyen el gran desafío de lo que Cristo se propone realizar después que lo autoricemos a entrar en nuestro corazón.

Durante cada segundo del proceso de restauración, desde el primer instante hasta la victoria final sobre la tentación, tenemos garantizada la seguridad continua de la salvación y un lugar en su reino eterno. Nada -absolutamente nada en este proceso puede afectar dicha seguridad, por cuanto pertenecemos a Jesús durante todo el tiempo.

Ahora, veamos cómo Jesús realiza su acción restauradora a fin de que podamos reflejar su perfecto carácter.


¿Quién hace qué?

Cuando digo que con mi esposa restauramos nuestra nueva casa, debo admitir que muchas cosas no las hicimos nosotros. Arrancamos los viejos arbustos y plantamos nuevos. Pinté las paredes, mientras mi señora limpió las alfombras y lavó las cortinas. Sin embargo, tuvimos que contratar .un profesional a fin de que nos hiciera los muebles para la cocina, y a un albañil para que dejara bien la chimenea.

Encontrará que sucede lo mismo cuando usted crece en Jesús. Le dejará algunas tareas para que él las realice, y otras las ejecutará usted mismo.

El cristiano y las buenas obras

Hay gente que se atribula con la idea de que el cristiano tiene que hacer algo. Nosotros somos salvos por la gracia, y no por las obras, dicen ellos. Las obras, en consecuencia, nada tienen que ver con la vida cristiana.

Por favor, lea el siguiente texto -especialmente las palabras que están en cursiva- y decida por usted mismo si las obras tienen algo que ver con la vida cristiana:

"Es por su gracia mediante la fe en Cristo que son ustedes salvos, y no por nada que hayan hecho. La salvación es un don de Dios y no se obtiene haciendo el bien, por que si así fuera tendríamos de qué gloriarnos. Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para realizar las buenas obras que de antemano dispuso que realizáramos" (Efesios 2: 8-10, versión La Biblia al día).

A primera vista este texto aparenta ser contradictorio. Primero, San Pablo afirma que "es por su gracia mediante la fe en Cristo que ustedes son salvos, y no por nada que hayan hecho". Entonces agrega que fuimos "creados en Cristo Jesús para realizar las buenas obras que de antemano dispuso que realizáramos".

Permítame preguntarle: ¿Cree usted que Dios nos creó para hacer obras malas?

¡Por supuesto que no! El cristianismo no pretende sacarnos del camino de las buenas obras. Por el contrario, posibilita que ejecutemos buenas acciones y nos ayuda a mantenernos libres de las malas obras. Acerca de esto trata el librito Cómo crecer en Cristo.

Habiendo dicho esto, me apresuro a anticiparle que la Biblia tiene una advertencia específica en cuanto al uso equivocado de las obras. Acabamos de leer acerca de este asunto en la Epístola a los Efesios: "Es por su gracia mediante la fe en Cristo que son ustedes salvos, y no por nada que hayan hecho". En la Biblia hay otros textos excelentes que expresan el mismo concepto: "...por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él... Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley" (Romanos 3: 20, 28).

San Pablo quiere decir que nuestra salvación -la seguridad de vida eterna- no está fundamentada en cuán bien lo estemos haciendo. Jesús nos compró pagando un precio que incluye nuestras faltas. Nunca podremos hacer algún bien para merecerla. Pero una vez que llegamos a ser posesión suya, él comienza a restaurar nuestros caracteres para que sean semejantes al suyo. Es en el área de la restauración en la que nosotros tenemos la oportunidad de ayudar. Aquí es donde tienen su lugar nuestras buenas obras.

Hace años escuché una historia -no sé cuán cierta es- que trataba de un agricultor que compró una granja que habían descuidado por muchos años. Como la cizaña y los matorrales la habían invadido, al agricultor le tomó mucho tiempo preparar el campo para la siembra. Al año siguiente la granja produjo una ganancia excelente.

Poco tiempo después de la cosecha, cuando el agricultor salía del templo al terminar un servicio religioso, mientras el ministro le daba un fuerte apretón de manos, le dijo:

-José, en la última temporada usted y el Señor hicieron un buen trabajo en la granja.

-Sí -respondió José-, pero tendría que haberla visto cómo estaba cuando todo dependía del Señor.
Piense por un momento en la responsabilidad compartida entre José y Dios. José tuvo que ocupar muchos días limpiando la cizaña, dando vuelta la tierra, y plantando la semilla. "Es un montón de arduo trabajo", dirá usted. "Mucho más de lo que Dios invirtió en esa propiedad".

¿Realmente es así? ¿Qué es más fácil: arrancar la maleza, dar vuelta la tierra o hacer que el sol brille y la lluvia caiga? O., ¿qué es más difícil: plantar la semilla o hacerla germinar? Cuando uno se detiene a pensar al respecto, concluye que Dios invirtió mucho más en términos de inteligencia y energía en la cosecha de José, que lo que José mismo hizo.

José estaba en lo cierto cuando dijo: "Tendría que haberla visto cómo estaba cuando todo dependía de Dios". Por eso, aunque parezca insignificante, la participación de José fue esencial para lograr una cosecha exitosa.

Aquello que es verdad en la dimensión física lo es también en la espiritual. Nuestra participación puede parecer irrelevante, pero es absolutamente esencial.

Hace años, cuando fui pastor en Texas, una tarde visité a una dama que quería dejar de fumar. Me planteó lo siguiente:

-Pastor, no entiendo por qué Dios no me quita el deseo de fumar cigarrillos.

Traté de explicarle que ella tenía una parte importante en la victoria sobre el vicio; pero repetía vez tras vez: "¿Por que Dios no me libra del deseo de fumar?" Hasta donde estoy informado, la señora continúa fumando, porque falló en la comprensión de que Dios no actúa solo para conseguir la victoria sobre el pecado en la vida de sus seguidores. Nuestra participación por pequeña que parezca, es vital.

Si pretendemos vencer nuestros pecados y crecer en Jesús, el factor más importante es llegar a comprender la diferencia entre lo que Dios hace por nosotros y, lo que espera que hagamos en cooperación con él. Nunca podremos hacer su parte: hacer que el sol brille y la lluvia caiga. Tampoco Dios hará la parte que él espera que hagamos nosotros: arrancar la cizaña, arar la tierra y plantar la semilla.


Dios cambia nuestro egoísmo;
nosotros cambiamos nuestros hábitos.

En el resto de este librito, quisiera compartir con usted que descubrí una fórmula muy simple para establecer la importante diferencia entre la responsabilidad de Dios y la nuestra -y la relación que hay entre ellas- en el desafío de sobreponernos al pecado y crecer en Jesús.

Comprendamos nuestro egoísmo

En nuestro estado natural, por la forma como llegamos a la existencia, cada uno de nosotros es egoísta hasta el alma. El egoísmo es el mayor pecado, del cual nacen todos los demás: materialismo, orgullo, envidia, inmoralidad, ira, gula, para mencionar unos pocos. El egoísmo es como tener un arroyo contaminado dentro del corazón. Satura al ambiente con el mal olor de motivos y actitudes nauseabundas.

La mayor parte del tiempo hacemos lo posible para que estas debilidades se mantengan encubiertas, de suerte que otros no perciban lo malo que hay en nosotros. Las ansias de aceptación social nos llevan a ocultar nuestros secretos más íntimos. Sin embargo Dios los conoce y, ocasionalmente, también los demás llegan a descubrirlos. Tarde o temprano, nuestro marido o nuestra esposa, los hijos, los vecinos, o las personas con las que trabajamos, captarán un asomo de cólera aquí, una veta de codicia allí. Nos irritamos, contamos chistes sucios, engañamos un poquito en el informe de gastos para la compañía. Algunos de nosotros nos encolerizamos furiosamente, miramos las películas pornográficas más inmundas, nos ufanamos de practicar una pequeña ratería en alguna tienda y, algunos, además, cometen violación y hasta llegan al asesinato.

Tal vez sacuda la cabeza por el asunto de la violación y el asesinato... pero, ¿sabía que las bromas sucias y la ira constituyen el mismísimo pecado? La diferencia radica en el grado al cual usted, el violador o el asesino llevan el pecado, y no al tipo de pecado que cada uno comete. Ambos, su nuevo pecado y los ya mencionados, tienen su raíz en el egoísmo subyacente.

Debido a nuestra impotencia, es Dios quien tiene que lidiar con el pecado que tenemos encubierto. Dios desea transformarnos para que en lugar de ser egoístas hasta la médula seamos cariñosos de corazón.

¿Cómo logra él hacer esto? Por el proceso de la transformación. San Pablo dijo una vez: "Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la re novación de vuestra mente..." (Romanos 12: 2, versión Biblia de Jerusalén).

Fíjese, San Pablo dice que esto ocurre: "por medio de la renovación de vuestra mente".

Cuando permitimos que Dios entre en nuestra vida, él inicia el proceso de renovación con el cambio de la mente.

Con ello se modifican las emociones, las prioridades y los valores más profundos de modo que, los asuntos que nos parecían tan importantes, ahora son como basura. Lo que antes amábamos se torna aborrecible y lo que una vez despreciamos llega a ser amado.

A esta transformación Jesús la denominó nuevo nacimiento:

"En verdad te digo, que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios" (S. Juan 3: 3).

San Pablo lo define como la muerte y la resurrección:

"Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva" (Romanos 6: 4).

¿Le resulta irreal todo esto? Quiero asegurarle que no lo es. Es un milagro cómo Dios hace que sus hijos se identifiquen con él. Este prodigio también desea repetirlo en usted. Solamente conviene recordar que no podrá conseguirlo por sí mismo. Por lo exterior, que los demás captan, tal vez consiga ser socialmente aceptado, pero usted nunca podrá transformar su naturaleza íntima. Solamente Dios puede hacerlo, y a menos que él lo haga, en su corazón continuará siendo un pecador hasta la médula y, tarde o temprano, saldrá del interior lo que allí se alberga.

Comprendamos nuestros hábitos

La mejor manera de entender nuestros hábitos es comprender en primer lugar cómo éstos se desarrollan. Así tendremos una pista para superar los malos hábitos.

Vale la pena reconocer a tiempo que desde el nacimiento somos egoístas hasta la médula. Este egoísmo constituye una motivación poderosa que modela todo nuestro ser. Porque somos egoístas, actuamos con egoísmo. En la medida en que repetimos actos egoístas, éstos, gradualmente, se transforman en hábitos. Después de un tiempo, nuestros hábitos egoístas llegan a ser tan potentes que, sin la ayuda poderosa de Dios, resulta imposible desarraigarlos. Sin embargo, al que ha sido transformado o nacido de nuevo le sucede algo verdaderamente fascinante. Infórmese de lo que San Pablo escribe al respecto:

"Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago... porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago... pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?" (Romanos 7: 15-24).

¿Se sintió alguna vez desesperado hasta este punto? Por favor, recuerde que cuando escribió estas palabras, San Pablo ya había nacido de nuevo. Dijo: "Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios". A los que no están convertidos les resulta imposible guardar la ley de Dios con placer.

Entonces, ¿cuál era el problema de San Pablo? Resulta más o menos fácil de explicar. La mayor parte de la vida estuvo actuando en respuesta a su naturaleza egoísta. Esta tendencia hizo que desarrollara poderosos hábitos malos. Después que Jesús cambió su naturaleza egoísta por una tierna, se puso en condiciones de anhelar el estilo de vida que a Dios le agrada pero, los malos hábitos todavía estaban en él. Por un lado, los nuevos deseos que nacieron como fruto de la transformación, lo instaban para ir en una dirección, y los malos hábitos lo arrastraban en otra. En esa guerra, San Pablo se sentía atrapado en el medio de dos fuegos. Con razón expresó: "¡Miserable de mí!"

Resumamos lo aprendido

Posiblemente un pequeño resumen le ayudará a unir los conceptos en su mente. El egoísmo que heredamos al nacer nos hace proceder en forma egoísta. Este mal comportamiento, resultante del amor propio, cuando es repetido varias veces desarrolla fuertes hábitos egoístas. Por fortuna, y en virtud de la transformación de nuestra mente, Dios tiene el poder para sustituir nuestro velado amor propio por motivaciones amorosas. Infelizmente, los malos hábitos que echaron sus profundas raíces a lo largo de los años, todavía nutren nuestro deseo de retenerlos y nos llevan a no querer abandonarlos. Esto nos expone a una guerra entre los nuevos impulsos de ser cariñosos y desprendidos, contra el viejo hábito de proceder egoístamente.

Ya lo dije anteriormente: el aporte de Dios es transformar la mente. Como resultado, el egoísmo es desarraigado desde lo más íntimo de nuestro ser. Nuestra parte es cambiar los hábitos. Tenga presente siempre que ambas acciones están interrelacionadas a lo largo de todo el proceso. Dios tiene que depender de nosotros, y a la vez nosotros necesitamos depender de él.


Ayudemos a Dios


Alguien dijo que el ser humano debiera aprender una lección de los copos de nieve. Ninguno es similar a otro. Con todo, ¡cuán bien interactúan en grandes proyectos, como el de ¡paralizar el tránsito, por ejemplo!

La empresa del crecimiento en Cristo constituye una aventura de cooperación entre el hombre y Dios; es extraordinario lo que podemos lograr cuando actuamos concertadamente. En verdad, puede parecer extraño decir que le ayudamos a Dios en este proceso. Muy poco podemos hacer en la transformación de nuestros caracteres para que puedan ser semejantes al de Jesús, a menos que trabajemos hombro a hombro con Dios. Necesitamos hacer varias cosas:

Estudiar la Biblia. El aporte de Dios, como ya lo comentamos, es el de transformar o convertir nuestro corazón para que sea amoroso en lugar de egoísta. Y aun siendo verdad que estamos imposibilitados de producir cualquier cambio en nuestro ser, es valioso lo que podemos hacer para colaborar con él. Estudiar la Biblia es una de nuestras contribuciones. Comparto con usted un texto bíblico que ayuda a comprender este concepto: "Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre" (1 S. Pedro 1: 23).

La clave de lo que decimos está en las expresiones: "renacidos... por la palabra de Dios..." Creo que todos saben que la palabra de Dios es la Biblia. Entonces podemos afirmar con certeza que nacemos otra vez por la acción poderosa de la Biblia actuando en nosotros.

El poder espiritual de Dios reside en su Palabra. Cuando usted lea la Biblia, ese poder transformará su corazón. El autor de la epístola a los hebreos asegura:

 "Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón"
(Hebreos 4: 12).

Aunque usted y yo somos impotentes para cambiar nuestro corazón, podemos, sin embargo, crear las condiciones para incorporar el poder de Dios a nuestro ser. Al leer la Biblia, el poder del omnipotente que reside en ella, transformará el corazón y así la vida entera será diferente.

¿Recuerda la granja de José? José tuvo que arrancar las malezas, arar la tierra y sembrar la semilla. ¿Hizo Dios alguna de estas cosas? ¡Por supuesto que no! Hasta donde yo sepa, estoy seguro de que Dios ni le recordó a José cual era su tarea. Sería posible que usted haya escuchado de algún agricultor a quien Dios se le acercó para decirle: "Hijo, aquí tienes un arado y las semillas, ahora manos a la obra". Por mi parte nunca escuché una historia semejante.

Igualmente, nunca escuché que Dios se haya aproximado a alguien y„ poniéndole la Biblia en la mano le haya dicho: "Hijo mío, hija mía, aquí tienes mi Palabra. Ahora ocúpate en leerla". No. Dios deja las decisiones en nuestras manos. Si escogemos mantenernos tan ocupados con otros asuntos que no nos alcanza el tiempo para leer Su Palabra, la opción es nuestra. Dios no va a interferir. Por supuesto que se alegra cuando destinamos tiempo para estudiar la Biblia, pero jamás nos obligará a hacerlo.

Orar. No conozco ningún texto de la Biblia que diga que el poder transformador de Dios lo recibimos por intermedio de la oración. Pero puedo afirmar por experiencia personal que eso es precisamente lo que ocurre cuando un hijo de Dios ofrece sus plegarias.

Un psiquiatra cristiano me dijo una vez: "Si los hijos de Dios supieran realmente cómo orar, no necesitarían recurrir a los psicólogos".

Los años me permitieron descubrir que mi amigo psiquiatra tenía la razón. Aprendí maneras de orar que me ayudaron mucho a superar la ira, el temor y la concupiscencia. Por eso Jesús dijo: "Velad y orad, para que no entréis en tentación..." (S. Mateo 26: 41).

La oración es otro recurso que lo pondrá en contacto con el poder de Dios que transforma la vida. El no irrumpirá en su casa para decirle personalmente: "Ponte sobre tus rodillas". ¡El respeta mucho nuestra libertad como para hacer eso! Pero si tomamos la iniciativa de orar diariamente, nuestro crecimiento en Cristo será mucho más rápido.

Asistir a la iglesia. Hasta puede sorprenderlo que la asistencia a la iglesia tenga su importancia como punto de contacto con el poder de Dios que transforma la vida de sus hijos. Es verdad. Note lo que dijo Jesús: 'Porque donde' están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (S. Mateo 18: 20).

Hay quienes piensan: "no necesito ir a la iglesia para ser salvo". Otros dicen: "Dios es mi salvador, no la iglesia".

Hay cierta verdad en estas afirmaciones, por supuesto.
Tengo la convicción de que en el cielo encontraré personas que no tocaron las puertas de una iglesia, porque el Salvador es Dios, no la iglesia. Pero, también he observado, casi sin excepción, que los que piensan así están buscando una excusa, no sólo para justificar su inasistencia a los oficios religiosos, sino para liberarse de hacer lo que Dios dispuso a fin de que cooperemos con él en nuestro crecimiento en Cristo.

Suponga que José le hubiera dicho al pastor: "No necesito arar mi campo, ni sembrar la semilla para conseguir una cosecha" En cierto sentido podríamos aceptar que José tenía un poco de razón. Si un año él siembra trigo en un campo, al año siguiente podrá cosechar lo que de suyo produzca la tierra. Pero, ¿qué agricultor que se precie de responsable estaría dispuesto a depender todos los años de lo que la tierra produzca por sí misma?

El cristiano que está realmente interesado en crecer para ser semejante a Cristo, aprovechará cada oportunidad que se le presente para incorporar a su vida el poder transformador de Dios que, por supuesto, se recibe al asistir a la iglesia donde Cristo prometió encontrarse con sus hermanos.

Guardar el sábado. También se sorprenderá al descubrir que el séptimo día, sábado, es uno de los medios más importantes que Dios haya provisto como vía de acceso al poder transformador para su vida. Si lo pone en duda, por favor lea lo que él le dijo a los Israelitas: "No dejéis de guardar mis sábados; porque el sábado es una señal entre yo y vosotros... para que sepáis que yo... soy el que os santifico" (Exodo 31: 13, versión Biblia de Jerusalén).

Es muy importante entender exactamente lo que el texto citado está diciendo, y también lo que no dice. Dios no dice que el sábado es el que nos hace santos, o que la observancia del sábado nos santifica. Al respetarlo, ponemos en evidencia que es él quién nos hace santos. El sábado es por lo tanto una señal de que el poder trasformador de Dios entró en nuestro ser.

Ahora quiero que usted también sepa que el mandamiento dice: "Recuerda el día del sábado para santificarlo" (Exodo 20: 8, versión BJ).

Un amigo que no guarda el sábado me dijo un día: "Yo adoro a Dios todos los días". Otros dicen: "No importa el día cuando uno va a la iglesia".

Concuerdo plenamente con estas dos afirmaciones. El problema reside en que las personas que hacen las declaraciones mencionadas fallan por no haber leído cuidadosamente el cuarto mandamiento. Dios no dijo: "Recuerden el sábado para adorarme" o, "Recuerden el sábado para ir a la iglesia". El Creador dice: "Recuerden el sábado para santificarlo". Santificarlo significa darle una consideración muy especial. El propósito del sábado es el de tener tiempo suficiente a fin de buscar una mayor comunión con Dios. Adorar al Creador y asistir a la iglesia constituyen dos buenas maneras para lograr dicho fin. Por esto es que no estoy en desacuerdo con la gente que dice que el sábado es el día para adorar a Dios y e ir a la iglesia. Sin embargo, tenemos muchas otras razones para guardar el séptimo día. Me gusta lo que Joy Swift dijo acerca del sábado:

"En las refrescantes mañanas de sábado me encanta levantarme temprano para escalar el rocoso arrecife. Aquí puedo captar el temor reverencial de la naturaleza que me rodea. Puedo observar también las nubes que se desplazan por el azul sin fin del firmamento. Mientras los árboles se inclinan con gracia en obediencia a la brisa gentil, escucho además a las avecillas gorjear animadamente el `buenos días' en su rústico lenguaje. Las águilas se remontan majestuosamente sobre mí. Soy consciente de las señales silenciosas que el venado y el alce dejan al sentirse ahuyentados. Estoy totalmente en paz, mientras converso con él, acunado en las palmas de mi Creador. Cuán agradecido estoy por su amor, por todos los beneficios que me concede, y por la hermosura de la creación que me rodea" (Joy Swift, They're al] Dead, Aren't They? [Están todos muertos, ¿no es verdad?] (Boise, Idaho; Pacific Press, 1986, p. 214).

La gente que guarda el sábado como Joy Swift aprendió a hacerlo, descubrió una manera poderosa de cooperar con Dios en la transformación de su propia vida.

Sin embargo, el sábado no le hará ningún bien si no lo observa. Asistir al culto para adorar lo aproximará a Dios, sea cual fuere el día cuando lo haga. Pero, esto no es observar el sábado. Guardar el sábado significa poner aparte el día entero para Dios. De la misma manera que él jamás colocará una Biblia en las manos de nadie, ni obligará a ninguno a que se arrodille ante su presencia, tampoco forzará a nadie para que observe el sábado. La decisión es personal. Dios se limita a informarnos que si lo guardamos, nos acercaremos más a él y, como resultado, el poder transformador del Creador aumentará en nuestra vida en forma significativa. Así es como el sábado constituye una señal de que Dios nos santifica.


Dios nos ayuda a hacer nuestra parte


Antes que comencemos a discutir cómo Dios nos ayuda a realizar nuestra parte, deseo que destinemos un momento para recordar lo que ya aprendimos. En párrafos anteriores dije que el aporte de Dios para ayudarnos a crecer en Cristo es liberarnos del egoísmo, para que podamos descubrir modos de cooperar con Dios como él lo hace con nosotros. La parte nuestra es cambiar nuestros malos hábitos. Ahora llegó el tiempo para descubrir cómo podemos hacer eso, y especialmente cómo Dios puede ayudarnos a lograrlo.

¿Observó alguna vez a un niño que aprende a caminar? Da vueltas por la casa sosteniéndose de los muebles. Pocos días después lo verá caerse de nalgas. Luego, lentamente, se levantará otra vez. Al comienzo, apenas puede mantenerse en pie, mientras sonríe a todos. Después, vacilante, da sus primeros pasos suscitando el regocijo de sus padres. Entonces es el momento oportuno para que mamá y papá se unan en el acto de extenderle sus brazos para guiarlo, sostenerlo y, cuando caiga de nuevo, ayudarlo a levantarse otra vez.

Creo que este es un buen ejemplo para ilustrar la ayuda que Dios nos proporciona para que superemos los malos hábitos. No nos fuerza para que los venzamos. Por el contrario, espera hasta que deseemos intentarlo por iniciativa propia. El está allí para alentar y sostener nuestras manos y ayudarnos a que nos levantemos las veces que sea necesario.

Elección es una palabra clave. Dios jamás intentará violar nuestra facultad de elección. Si decidimos seguir haciendo cosas que nos gustan, lo permitirá, no importa cuán desastroso resulte para nuestro bienestar físico, mental o espiritual.

Seamos prácticos. Supongamos que en momentos de frustración usted tiene el mal hábito de tomar el nombre de Dios en vano. Desde su niñez, cada vez que a su naturaleza egoísta le negaron alguna cosa que deseaba, se enojó y blasfemó. Cada vez que lo hacía, el hábito de renegar se fortalecía.

Cierto día Dios le mostró que blasfemar no es bueno. Desde ese momento, cada vez que reniega se siente incómodo. Eso se llama sentido de culpa. Si es como yo, tampoco a usted le gusta sentirse culpable. Esta es una de las mejores evidencias de que el poder transformador de Dios está obrando en su vida.

Un día, finalmente, usted dice: "¡Voy a dejar de blasfemar!" Dios por supuesto se alegra con su decisión. El no podía hacerla en lugar suyo, pero ahora que la hizo, lo ayudará a llevarla a la práctica. San Pablo dijo: "Con la ayuda de Cristo, que me da fortaleza y poder, puedo realizar cualquier cosa que Dios me pida realizar" (Filipenses 4: 13, versión BD).

Así es como Dios lo apoya a fin de ayudarlo para que realice su decisión. Lo fortalece. Sin esa ayuda, su decisión sería como una cuerda hecha de arena.


¿Usted está realmente decidido?

Estamos a tiempo para discutir uno de los aspectos peor entendido en el conflicto que desarrolla todo cristiano que posee un mal hábito profundamente arraigado: ¿Realmente usted ha decidido abandonarlo?

Muchas personas responsabilizan a Dios porque no los ayuda. El problema es que nunca decidieron realmente abandonar su mal hábito. La peor necedad es la del autoengaño: cuando el cristiano se induce a pensar que tomó alguna decisión y en verdad no lo ha hecho.

Un día lo dejaré

Uno de los errores más comunes que dificulta la toma de cualquier decisión es pensar que algún día haremos tal o cual cosa. Los cristianos que tienen esta tendencia saben que necesitan dejar algún hábito, les gustaría hacerlo y, hasta saben teóricamente cómo hacerlo. Pero se contentan con decir: "Mañana voy a ocuparme de este asunto".

Siempre es mejor cuando la decisión de abandonar algún mal hábito se hace en el momento cuando la tentación es más fuerte. Esta es la parte más penosa, ya que cuando el deseo por algo que a uno realmente le agrada es más intenso, el mañana parece la mejor opción para comenzar a abandonar lo que necesita dejarse. Hasta podrá llegar a sentirse virtuoso por la decisión que ha hecho para mañana. Pero no hay como la decisión de actuar en el momento que la tentación ataca.

Voy a pensar en ello sin hacerlo


Otro error común entre los cristianos es jugar mentalmente con la tentación. Piensan que mientras se circunscriba a ese nivel, nada hay de malo en ello. Este razonamiento tiene dos problemas. Primero, Jesús dijo que el placer mental del pecado es tan errado como el acto mismo. El usó el adulterio como un ejemplo, pero el principio es aplicable a cualquier pecado que se mantiene a nivel del placer mental. Cristo dijo:

"Ustedes han oído que se dijo antes: `No cometas adulterio'. Pero yo les digo que cualquiera que mira con deseo a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón" (S. Mateo 5: 27, 28, versión Dios llega al hombre).

El segundo problema acerca del placer mental del pecado es lo que podríamos calificar como el "síndrome de Eva". Recuerde que cuando Eva se apartó hacia el árbol de la ciencia del bien y del mal, Satanás le habló por medio de la serpiente. En esa circunstancia ella permaneció allí y comenzó a argumentar con él.

Supongamos que usted esté tratando de perder peso. Por allí se enfrenta con un trozo de torta. Si lo mira por unos instantes, y luego lo levanta para olerlo, ¿cuál piensa que puede ser el siguiente paso? Puedo asegurarle que tarde o temprano usted comerá esa torta.

Muchos cristianos que jamás pensarían cometer adulterio cayeron después de haber admitido la "dulce" idea del adulterio en su imaginación durante semanas y aun meses antes de concretar el acto mismo.

No existe victoria sobre el pecado para los que no están dispuestos a controlar su imaginación.

Una vez más no hará daño

Aun cuando la mayor parte de la gente sabe que fumar produce efectos terribles para la salud, es inexplicable que haya tantos que aún siguen fumando "un cigarrillo a la vez". "Uno más no puede hacerme tanto daño", dicen en el momento de extraer otro cigarrillo para luego encenderlo también. Por supuesto, media hora más tarde, aparece la misma excusa de siempre.

Desafortunadamente, esa gente tiene razón. Un cigarrillo más no le hará tanto daño. Pero ese no es el asunto. El problema reside en la falta de voluntad para encarar el vicio ahora, en el instante cuando la tentación es más intensa. Repiten el error de relegar para mañana el abandono de algún mal hábito que podrían vencer hoy.

Un arranque más de ira, otra transacción comercial deshonesta o un chiste grosero más, (ninguna de estas cosas es tan "dañina"). Sin embargo, cada una de estas prácticas se presta para que no enfrentemos el problema ahora.

Un poquito no hace daño

Cercana a la racionalización del "uno más no hace daño" está la que asegura: "este poquito no hará daño".

Supongamos por un instante que toda su vida se entretuvo mirando a las muchachitas que posan para las revistas pornográficas. Un día, Dios le muestra que la pornografía es perniciosa; entonces decide abandonar la práctica.

Se desprende de toda la colección de revistas y cancela las suscripciones correspondientes. Pero otro día, en algún comercio, sus ojos se encuentran con una de esas mujeres rutilantes que llaman la atención desde la portada de una revista. "No la compraré", dice mientras hurga en el lugar donde exhiben esas publicaciones. Luego asegura: "no pretendo leerla, solo le daré un vistazo".

Aquí está otra vez presente el síndrome de Eva. La hojeada de hoy sin trascendencia aparente, mañana ciertamente puede tornarse en una contemplación. Muchos hombres y mujeres saben que cuando la mirada se detiene en algo, ya es un asunto perdido.


Estrategias para ganar


Sospecho que mucha gente no gana la victoria sobre la tentación, por la misma razón que un equipo de fútbol pierde en la cancha o los generales en el campo de batalla: no utilizan estrategias ganadoras. Me gustaría compartir con usted algunas de las que me ayudaron a lograr victorias sobre la tentación.

El largo arrastre

Mucha gente no consigue la victoria sobre el pecado porque piensa que dejarlo es cosa tan fácil y rápida como salir del trabajo en la noche para regresar a casa. No es así. El pecado es una boa que poseen alrededor del cuello y que tiene el propósito de destruirlos eternamente.

Hasta que usted y yo descubramos que los asuntos que nos causan tanto placer están representados por aquella boa, nuestros esfuerzos en pos de la victoria fallarán lamentablemente. La razón no está en la falta de interés por parte de Dios para ayudarnos, sino reside en que nunca nos percatamos a tiempo de que necesitamos despojarnos de la fiera que tenemos encima.
Anteriormente señalé que, cuando la tentación lo asalte, es necesario haber decidido qué hábito abandonará. La tentación vendrá una y otra vez. Cada vez tendrá que reafirmar con vigor la misma decisión. Como puede apreciar, el pecado es un hábito, y probablemente un hábito placentero. La repetición fortalece un mal hábito durante años. En contrapartida, necesitará desarrollar otro, que también le llevará tiempo establecerlo.

Conozco algunos afortunados que dicen haber arrojado sus cigarrillos para nunca volverlos a probar. Les digo que alaben al Señor por esta victoria instantánea. Pero, por cada uno de éstos, otro contó que después de haber abandonado el vicio, durante cinco años todavía sentía el sabor a cigarrillo. Los que se desprendieron de sus cigarrillos y nunca más pensaron en ellos, corresponden al 1% en relación a los que están tratando de dejarlos. Este librito lo dedico al otro 99% que lucha con sus caídas y recaídas hasta que al fin se dan por vencidos.

Usted se preguntará si esto significa tener que sudar y forcejear por el resto de la vida con la boa que tiene alrededor del cuello.

No por el resto de la vida. Probablemente le tomará un buen tiempo. Cualquier situación difícil podrá resultarle más llevadera si la acepta como parte de un proceso. Desde ésta perspectiva, se sentirá menos agobiado si es que la victoria no se produce de la noche a la mañana.

Será bueno entender, además, que Dios le dará toda la asistencia que necesita durante la larga y penosa jornada. El lo compró, sabiendo bien toda la obra de restauración que su vida demandaría en términos de tiempo y esfuerzo. Jesús ya lo aceptó tal como usted es, con sus faltas y todo, antes de firmar los documentos. También continuará aceptándolo durante todo el dilatado proceso de la restauración. Es muy importante entender bien que, por más frustrado que uno se sienta consigo mismo, su garantía de salvación
se mantiene inalterable mientras esté dispuesto a desprenderse de cualquier pecado.

Es esencial descansar en la seguridad del perdón de Dios, aunque usted se haya rendido un centenar de veces, para alcanzar la victoria final. Esta es la razón por la cual en la Biblia Dios nos sale al paso vez tras vez para darnos la garantía de su perdón cuando nos arrepentimos.

Respuesta instantánea

¿Recuerda la historia bíblica del encuentro de José con la esposa de Potifar? Con toda imprudencia, la mujer comenzó a fijarse en el joven; hasta lo presionó para que se acostara con ella. José dominó la situación para no caer en el juego pasional. Un día quedaron solos en la residencia: "Ven y acuéstate conmigo", fue la invitación, mientras lo prendía de la vestimenta.

La Biblia cuenta que José salió de la casa con tanta prisa que al zafarse de la mujer, parte de su vestimenta quedó en manos de la seductora (véase Génesis 39: 7-12).

¿Piensa que José se dejó cautivar por el centelleante brillo de los ojos? O piensa que se habrá detenido para discutir consigo mismo el argumento "será sólo esta vez"? Si capto correctamente lo que la Biblia dice, José abandonó el escenario de la tentación instantáneamente.

Diga ¡No! ¿Ha observado alguna vez a un adolescente tratando de conseguir algo de sus padres? Si los hijos captan que tienen la más remota posibilidad, van a implorar hasta salirse con la suya. A su vez, si los padres dicen que ¡No! en forma convincente, la criatura podrá tener berrinches por unos instantes, pero luego se entretendrá con otra cosa.

La mente adulta funciona exactamente de la misma manera. Por ejemplo, si usted piensa que existe la mínima posibilidad de comerse un pedazo de torta en el mostrador de una pastelería, la saliva llenará su boca. Pero si dice ¡No! en el instante cuando cruza por su mente la idea de comer la torta, pronto lo olvidará.

La mente se ajusta a lo que sabe que no puede cambiar, de modo que puede decirse a sí mismo No con la misma convicción que se lo diría otro. Y en el caso de la tentación, generalmente usted es el único que puede decir ¡No!

Ore. El segundo elemento indispensable en la búsqueda de una respuesta instantánea es orar. Diga: "Dios mío dame el poder ahora para vencer esta tentación". He encontrado que cuando oro de inmediato para pedir fortaleza frente a cualquier tentación, gano la victoria, pero cuando no oro, pierdo la batalla.

En verdad, la oración para solicitar poder es un buen indicador del interés real que uno tiene de salir airoso de la tentación. Si vacila es porque quiere ser indulgente consigo mismo una vez más. Nunca lo abandonará la tentación hasta que usted esté realmente listo para decir ¡No! y para orar instantáneamente en busca de ayuda.


¿Y los pecados desconocidos?

Hay personas que se preocupan por no haber pensado en todos los pecados que a Dios le gustaría que abandonen. Una oración muy simple lo ayudará a superar completamente este problema. Sencillamente diga: "Dios mío, muéstrame lo que necesito superar para poder crecer en Cristo".

Recuerde, además, que no siempre Dios nos muestra todos los pecados de una vez. Pero cuando él le revele uno, actúe de inmediato y no se preocupe por los demás, hasta que el Señor también se lo muestre. Mientras le pesen realmente sus pecados y malos hábitos y también mantenga la disposición para abandonarlos, estará a salvo aun cuando no los haya vencido a todos.

Entre los pecados "desconocidos" más comunes están los que tienen que ver con el temor y la ansiedad. Pienso que no es un pecado sufrir una depresión o tener un complejo de inferioridad, aun cuando estas actitudes algunas veces nos hagan decir o hacer cosas muy egoístas y además, nos limiten en el desarrollo de todo el potencial de la vida.

¿Recuerda la parábola de Jesús respecto de los talentos? (véase S. Mateo 25: 14-30). Un señor que tuvo que hacer un largo viaje confió su patrimonio a los empleados. El primero recibió 5 talentos, el otro 2 y el tercero, uno. A su regreso, el señor premió con generosidad a los que habían recibido 5 y 2 talentos respectivamente, por haber devuelto el doble.

El hombre que recibió sólo un talento, por temor decidió enterrarlo. Por esa causa, el jefe ordenó que lo echaran "en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes", (expresión bíblica de condenación) (S. Mateo 25: 30). Este empleado no fue descalificado por ocultar el pecado del asesinato o de adulterio. Recibió la condenación porque tenía miedo de desarrollar todo el potencial de su vida.

Los seres humanos estamos dominados por una serie de temores. Los llamamos depresión, complejo de inferioridad, ansiedad, etc. Pienso que usted no es culpable de un pecado indecoroso por el hecho de sentir hoy los efectos de una depresión. Pero si esta depresión no le permite alcanzar todo el potencial que Dios tiene atesorado para usted, esto es un pecado. La solución es superar la depresión.

Se han escrito libros enteros sobre el tema de la depresión y la ansiedad, y todavía hay mucho por decir. Por lo tanto, difícilmente podremos desarrollar este tópico en las últimas páginas de este librito. Sin embargo, me gustaría sugerirle una fórmula para superar la depresión y la ansiedad que funciona bien para mí.

Diga: "Señor ayúdame a descubrir una manera conveniente de pensar. Muéstrame, además, una forma adecuada de sentir". Tarde o temprano le sobrevendrá una forma más saludable de sentir y entonces reconocerá que así es la forma como le gustaría sentirse todo el tiempo. Cuando esto suceda, agradezca a Dios por la nueva percepción y cultívela todo el tiempo que pueda. Si esto sólo le dura un minuto, dos o cinco, entonces diga: "Señor mío, por favor devuélveme esa sensación agradable". Podrá demorar un día o dos, pero a su debido tiempo retornará. Relájese hasta que lo logre, y entonces no la deje escapar. Cada vez que desaparezca, manténgase orando hasta que retorne. En pocos días o semanas descubrirá que esa agradable sensación permanecerá por más tiempo y la depresión será más breve. La depresión a veces me afectaba por varios días; ahora raramente me deprimo. Esto indica que vencí la depresión.

He descubierto que también puedo sobreponerme a cualquier temor, ansiedad y complejo de inferioridad con la misma técnica simple. No me cabe duda de que usted también puede lograrlo.

Jesús tiene muchas esperanzas con relación a usted y a mí. El apóstol San Pablo dice que él desea darnos "mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros" (Efesios 3: 20).

Esto es lo que para mí significa crecer en Jesús.

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