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quarta-feira, 1 de maio de 2024
Nutriendo las bases - 1 Corintios 3
Enseñados por el Espíritu - 1 Corintios 2
La locura de la predicación - 1 Corintios 1
Un alfiler y una aguja encontrándose en una cesta de labores y no teniendo nada qué hacer, empezaron a reñir, como suele suceder entre gentes ociosas, entablándose la siguiente disputa:
—¿De qué utilidad eres tú? —dijo el alfiler a la aguja—; y ¿cómo piensas pasar la vida sin cabeza?
—Y a ti —respondió la aguja en tono agudo—, ¿de qué te sirve la cabeza si no tienes ojo?
—¿Y de qué te sirve un ojo si siempre tienes algo en él?
—Pues yo, con algo en mi ojo, puedo hacer mucho más que tú.
—Sí; pero tu vida será muy corta, pues depende de tu hilo.
Mientras hablaban así el alfiler y la aguja, entró una niña deseando coser, tomó la aguja y echó mano a la obra por algunos momentos; pero tuvo la mala suerte de que se rompiera el ojo de la aguja. Después cogió el alfiler, y atándole el hilo a la cabeza procuró acabar su labor; pero tal fue la fuerza empleada que le arrancó la cabeza y disgustada lo echó con la aguja en la cesta y se fue.
—Con que aquí estamos de nuevo —se dijeron—, parece que el infortunio nos ha hecho comprender nuestra pequeñez; no tenemos ya motivo para reñir.
¡Cómo nos asemejamos a los seres humanos que disputan acerca de sus dones y aptitudes hasta que los pierden, y luego ... echados en el polvo, como nosotros, descubren que son hermanos!
La preocupación manifestada por nuestro Salvador en su última oración antes de ser crucificado era que la unión y el amor existiesen entre sus discípulos. Satanás lo comprende bien, es especialista en crear discusiones teológicas, filosóficas, epistemológicas, politiquerías pragmáticas, e incluso bíblicas, a fin de comprometer el discipulado y, como nunca, está más resuelto a anular la verdad de Dios causando amargura y disensión entre el pueblo del Señor. Pues la desunión perjudica a la misión. El conflicto genera caos, y Cristo no reina supremo en medio del caos. El mundo está contra nosotros, y también las iglesias populares; las leyes del país pronto estarán contra nosotros. Si hubo alguna vez un tiempo en que el pueblo de Dios debe unirse, es ahora.
“Os ruego pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros disensiones, antes seáis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.” 1 Corintios 1:10
El apóstol Pablo dice que no se avergüenza de ese evangelio porque proviene de Dios y es sumamente poderoso (Romanos 1:16, 17). En su época, semejante afirmación era motivo de escándalo; pero para la propia experiencia de Pablo resultó revolucionaria. Su vida fue transformada. En un dibujo descubierto en zona arqueológica de Roma se observa a un esclavo cayendo de rodillas ante una figura crucificada con cabeza de asno. Debajo estaban escritas estas palabras: «Alexamenos adora a su dios», una burla hacia el cristianismo de aquel tiempo.
La proclamación de Pablo de que, mediante la crucifixión de Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo a sí mismo, era contradictoria con la sabiduría de la época. Después de todo, Dios era conocido como el motor inmóvil (concepto aristotélico) y, en general, los dioses griegos estaban caracterizados por su apátheia (apatía) e incapacidad de tener sentimientos y emociones. Para ellos, el cristianismo no elevaba el pensamiento humano, sino que lo hundía a las profundidades de lo absurdo.
Pablo aceptó la acusación contra la humilde cruz y las denuncias a las clases bajas que a ella se aferraban. Declaró que la mayor sabiduría de los hombres no había descubierto ni descrito al verdadero Dios. El Señor eligió lo que parecía ser insensato y débil para avergonzar a los sabios y fuertes de este mundo (1 Corintios 1:27, 28). La razón humana es incapaz de hallar esa sabiduría. Sin la revelación divina es imposible que ese conocimiento esté al alcance de los hombres. Él, y no la filosofía o la retórica, hace posible nuestra reconciliación.
“A cada uno de los que se ofrecen al Señor para servir, sin retener nada, se le concede poder para el logro de resultados sin medida”. SC, 318.